
Subidón musical o coma
Sin spoilers
El gran showman tiene toda la adrenalina musical que buscaba pegarte con sus canciones pero a descuidado por completo la historia que hay detrás de todo eso, hasta el punto de resultar incongruente en su guión a momentos y demasiado peliculera en su fotografía en ciertas escenas que le quitan mucho encanto y valor al espectáculo que busca ofrecer la película.
Empezando por el principio, el director, Michael Gracey, pone al espectador en antecedentes sobre quién es P. T. Barnum con un ejercicio de pirotecnia musical para arrancar el largometraje bien arriba. Esa forma de abrir la acción, con hueco para encajar, de forma clásica, el título y el nombre de quienes han hecho posible la producción de la película, es el gusanillo perfecto para meterte en materia. Entre medias, vistazos a un Hugh Jackman al que cantar y bailar ya le sirven para ser la perfecta carta de presentación de los musicales de la industria hollywoodiense.
De ahí, saltamos a las instrucciones de manual de las que Bill Condon y Jenny Bicks se han servido en el guión. La gracia está en ver cómo el personaje de Jackman construye un mundo lleno de fuegos artificiales y magia que supone la puerta de entrada al circo y el carpetazo de salida al show business. A mí me supo a poco al final. Veo personajes desaprovechadísimos, mal construidos y la historia, cuando no puede tirar de canciones, cuando tiene que emocionar con los diálogos y el guión para ya luego descargar con los números musicales, ni fú ni fá. Me termina dando igual. Podría haber visto el número de The greatest show y This is me en bucle durante 90 minutos; el resto, con los elefantes por ahí tan tranquilos, no es parte de un musical digno.
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