
El árbol de la pedantería absoluta
Sin spoilers
No hay nada como crearse una fama de místico, sublime y trascendente desde la primera película que uno hace para que la supuesta crítica seria bendiga todo lo que ruedes después y los festivales de cine te den todas las Palmas de Oro del mundo.
¿Porqué este Arbol ha arrasado en el Festival de Cannes?
¿Será por la pedantería que destilan sus monólogos? ¿Será por usar un lenguaje simbólico en gran parte del metraje, bastante por encima del empleado por los limitados cerebros de nosotros los espectadores? ¿Será por colarte en mitad de la historia la mismísima creación del universo y la aparición de los dinosaurios? ¿Será porque el jurado en pleno tenía ese día un patológico complejo de inferioridad?
Lo cierto es que Terrence Malick ha realizado una película tediosamente grandilocuente. He leído por ahí, como elogio, que este señor tiene un lenguaje cinematográfico propio. Puede ser, pero vista esta película, llego a la conclusión de que no lo ha inventado él y que con anterioridad ha sido utilizado infinidad de veces.
Recuerdo en mi infancia que de vez en cuando te echaban en la tele, en el UHF, pelis checas, eslavas o yugoeslavas, completamente soporíferas, llenas de símbolos crípticos, en las que no pasaba nada relevante por delante de la cámara, y marcadas por un aura de trascendentalidad que machacaba el comercialísimo cine de Gracita Morales que veían nuestros padres o las películas de John Wayne que ponían los sábados después de Hedi. Es más o menos lo que ocurre en esta película cuando el personaje de Sean Penn entra en escena y nos inunda (y nos aburre) con su surrealista y metafísico mundo interior.
Y tampoco hace falta irse al exótico cine checo. ¿Toda esta parafernalia místico-simbólica no recuerda demasiado a la que Kubrick emplea en su 2001, Una Odisea del Espacio, concrétamente en las escenas en las que se le va por completo la olla?
¿Qué significan esos correteos por la playa de los personajes en sus diversas edades? ¿Sean Penn se reconcilia con su padre, con su madre, con él mismo, con toda la humanidad? ¿Es una respuesta a los traumas causados en la niñez por un padre autoritario? ¿Es la plasmación de un sentimiento de culpa ante un subliminal enamoramiento hacia la madre? ¿Es un alegato contra la matanza anual de delfines que se realiza en Japón? ¿Bajará el precio de la vivienda en Pamplona?
Los sesudos componentes del jurado del festival de Cannes lo deben saber.
Vuelvo a las secuencias del la creación del universo, hay que reconocer que bellísimas. Se me escapa por completo su sentido en esta película tan supuestamente intimista. Que yo no acierte a comprender su significado, por supuesto es problema mío, nunca de la mente preclara del iluminado director. Quizás estas imágenes son las que si tengan que ver con la bajada de precio de la vivienda en Pamplona. A lo que voy. Visualmente son espectaculares, quizás lo mejor de este Arbol, pero tampoco es la primera vez que algo así aparece en una película. Walt Disney ya lo realizó bastante parecido con unos dibujos animados sorprendentemente realistas y la música de Stravinsky, en un episodio de su estupenda Fantasía de 1941. El muchas veces tachado de vulgarote y comercial Disney se adelantó en 70 años al místico y trascendental Malick. No me extraña que hibernaran, o eso dicen, a semejante prodigio de anticipación. A ver si este Arbol de la Vida sirve para que resuciten a Disney, le pasen la película y denuncie a Terrence Malick, Palma de Oro incluida, por plagio.
No todo es malo. La interpretación de los actores es sobresaliente, niños incluidos. Jessica Chastain da una interpretación magistral de la abnegada y sufrida madre. Sin apenas palabras compone una imagen conmovedora de amor maternal, y sus escenas con los críos son de un verismo asombroso. Brad Pitt también está estupendo en su papel de padre despótico que no deja de querer ni un momento a sus hijos.
Malick sabe dar veracidad a estas imágenes domésticas. Una pena que acabe transformándolas en un tratado de psicología grandilocuente, vacía y barata. Eso sí, seguro que transverberó cual Santa Teresa mientras rodaba.
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