
Qué belleza
Sin spoilers
Sorrentino vuelve a firmar una muestra magnífica de arte visual. No es solo cine, no es que las imágenes estén al servicio de la historia: están al servicio de las propias imágenes, y el regusto a pieza performativa está presente detrás de cada plano, detrás de cada color. Se arriesga a componer, y estudia el sonido, una nota de música, unos breves instantes de cámara lenta, para construir verso a verso el conjunto. Son anotaciones que elaboran un discurso completo, son las reflexiones fragmentarias de Robert Walser en 'Diario de 1926' para hilvanar el total del libro.
En 'La gran belleza' era una ciudad, aquí es la mirada de un inmenso, inmensísimo Michael Cane. Y si junto a Keitel son las dos ruedas de la bicicleta, Rachel Weitz es el pie en tierra cuando frenamos, no puede existir el diálogo entre ellos sin el otro vértice del triángulo. Y está espectacular, solo el primer plano en la escena del masaje vale todos los Oscars del mundo. Una fábula que se edifica sobre pinceladas de amor y de tristeza, con la misma arbitrariedad que edificamos nuestra vida propia.
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